From: Diego Díaz
Sent: Miércoles 3 de mayo de 2006   5:18
Subject: Los mil y un Díaz
No sé exactamente cuál es la propuesta, pero me apetece compartir este texto con alguien.
Gracias.

                                                           ¡Suéñame de nuevo!...

  Me ha despertado el sol, el sol de un sueño ajeno que ha venido a darme vida. Hoy podría decir que fue una mañana cualquiera aunque no conocí esa palabra sino hasta el segundo día. Me he bautizado Inshalá o ya era mi nombre. Ayer, durante el tercer día de mi vida, he aprendido algunas cosas: no padezco el hambre ni la sed, no siento el dolor físico aunque sí del alma, tengo recuerdos ajenos, no percibo los aromas aunque puedo saber a que huele cada cosa, no percibo el sonido pero distingo cada ruido y especialmente durante la noche, no duermo. Cualquier occidental aseguraría que no existo. Pero soy y eso es cierto. No me ha sido dada la escritura pero si el discernimiento y la memoria absoluta y todo lo que digo, hago, veo o pienso queda exactamente grabado en ella. He repasado el primer día muchas veces pero el segundo es el que me ha traído problemas, la muerte ha estado cerca. Era de noche y trataba yo de pensar, ya que es lo único que puedo hacer además de caminar. No me acompañaba la luna y la oscuridad exacerbaba mi visión de modo que estaba ciego a causa de ver todo tan de cerca, pero el mundo me era más nítido que siempre. Unas palmeras, un desierto, un océano, un camino; el recorrido. De pronto un fulgor y mi cuerpo derrumbándose sobre la arena, mis brazos habían perdido toda fuerza y mis piernas habían quedado inmóviles. Pude verme a mí mismo en la tiniebla y las nociones ajenas que se desplegaban ante mí como una escalera infinita. Con paz absoluta me resigné pero de inmediato regresó la oscuridad, la fuerza, el discernimiento y desaparecieron las nociones ajenas. Seguí caminando y pensando, el frío no dañaba mi andar. Evito recordar cuanto caminé.
  Hoy continúo caminando desde aquel día y ahora ya tengo nociones propias. Ir o venir no es el rumbo pero al menos persevero para no aburrirme. Descalzos mis pies dibujan las huellas y en las lejanas sombras que percibo está la imagen de una ciudad que reconozco sin haber visto jamás. Un amigo me espera sin saber quien soy ni de dónde vengo. Ahora sí, la luna es compañera y abro mis ojos a la ciudad vacía, pero otra vez el fulgor de aquella noche y mis piernas inmóviles. De nuevo mis fuerzas zozobran, otra vez yo mismo ante mi propia imagen, de nuevo la resignación fatal y la escalera infinita de nociones ajenas. Una muchacha rubia dormida entre las rocas se despierta. Entre la realidad y los sueños queda perdido mi último grito: -¡Suéñame de nuevo!
                                                                                                                                Juan Naesbet

Estimado Diego:
    Le agradezco que haya querido, como usted dice, compartir este texto con alguien. Quien escribe lo hace para ser leído, y aún el más íntimo de los textos implica el secreto anhelo de llegar a ser intepretado y comprendido por algún lector. En suma, tanto escribir como leer son maneras de intentar comunicarnos con nuestro prójimo, y cuando un texto es formalmente impecable, con un contenido coherente y rico en matices y un final que deja al lector suspendido en las ensoñaciones que el relato ha desperdado en su alma como un eco de las vivencias transmitidas por el autor, puede decirse que es un texto logrado.
    Independientemente del gusto o de la preferencia de cada uno por determinados estilos o contenidos, en su texto no hay nada para corregir, y en cambio nos ofrece unos cuantos elementos para admirar y sorprenderse.
    
He puesto como remitente el seudónimo con el que concluye el relato, pero si usted no se opone lo reemplazaré por su nombre y apellido, para que concuerde con el título sugerido en el Subject: "Los mil y un Díaz", que relaciona su apellido con los cuentos de Scheherazada.
    Lo saludo cordialmente.

                                                                                                                                                                           Conrado De Lucia

Conrado:
    No tengo problema alguno en que reemplace el seudónimo. Quisiera decirle, además, que me dio satisfactoria sorpresa cuando encontré su respuesta, ya que a veces ni el más querido de mis amigos tiene la intención, siquiera por cordialidad, de perder cinco minutos leyendo algo que yo haya escrito.
    Le agradezco mucho el interés que usted demuestra por los que padecemos la escritura y gozamos la lectura. Termino permitiéndome un mínimo comentario: No estaría mal, cuando recibiera un escrito que no necesitara de correcciones, que usted pusiera el ojo allí donde el autor hubiera podido equivocarse. El título de la sección podría ser, por ejemplo "Los errores que no cometió".
    Lo saludo cordialmente,
                                                       Diego

                                                                                              Volver a Textos enviados
                                                                                             Volver a la Página Principal