18/06/1992

                                      Un recuerdo de quinceañera

   Lorena se dirigió, sonriente, al profesor:
   –¿Hoy no viene con su amigo?
   Abel estaba en un simposio de urólogos en la cercana Mar del Plata, y no regresaría hasta el fin de semana. Carlo le refirió tal circunstancia, y ella, luego de sentarse a su lado en el sofá de cemento alfombrado, protegiéndolo de este modo con su cuerpo, aunque involuntariamente, del exceso de radiación que provenía de la pantalla infrarroja contigua, inició el diálogo haciéndole una pregunta que el profesor ya había escuchado otras veces:
   –¿Se acuesta con muchas alumnas, profe?
   Y ante la vacilación de Coioni, prosiguió:
   –¿Ninguna le ofrece ir a la cama para que usted la apruebe?
   "Por desgracia, no" –pensó Carlo, pero respondió festivamente–:
   –No, nunca ligo nada, aunque me gustaría. Por ejemplo, decirle a una chica como vos, si no entiende mi materia: "Ábrase un poco de piernas, déjeme meter allá abajo –en su imaginación, Carlo ya la estaba besando en el lugar preciso–, y despreocúpese del examen". Pero nunca sucede, así que yo doy mis clases mientras ellas no están pensando en mí ni en la materia sino en sus machos, y después yo vengo a traer aquí la calentura que voy acumulando.
   Y le salió del alma:
   –¡Hay cada preciosidad! Pensá que son todas chicas de veinte años, como vos. ¿Cuántos años tenés?
   La rubia diminuta, de ojos grises y cara redondeada, respondió con un gracioso mohín:
   –Veintiuno, profesor.
   Hizo una pausa, encendió un cigarrillo, y de pronto dijo:
   –Me confieso. Cuando yo tenía quince años, allá en Tucumán, me acosté con el profesor para que me aprobara.
   ¿El de matemática? –aventuró Coioni–.
   –Sí. Yo no entendía nada, así que se lo dije.
   –¿Qué le dijiste?
   –Yo siempre tuve coraje para esas cosas, así que fui y le dije que quería aprobar, que no sabía nada, y si él no quería    acostarse conmigo.
   –¿Qué edad tenía ese profesor?
   –Veintiséis años. Yo estaba en segundo año.
   E imitando una voz grave, prosiguió:
   –"Vaya mañana a mi departamento. A las dos", me dijo.
   "¡Negro de mierda!" –pensó con envidia Carlo–. "¡Claro, en ese lugar de ignorantes ser profesor de la secundaria implica    tener derecho de pernada!"
   Pero se serenó y le dijo:
   –Era un tipo joven. ¿Fuiste sólo para aprobar, o también porque te gustaba?
   –Por las dos cosas –respondio Lorena con una sonrisa pícara.
   Carlo prosiguió con su interrogatorio:
   –¿Y lo pasaste bien?
   –No –vaciló un instante–. Me dolió mucho.
   –Qué raro –reflexionó Carlo en voz alta–. Un tipo grande, con una joyita como debías ser vos a los quince años! Tendría que haber sabido cómo tratarte.
   –Él me desvirgó –agregó ella–.
   "Un canalla privilegiado" –pensó Coioni. Y le dijo–:
   –Yo te hubiera acariciado toda, y te hubiera besado la conchita con suavidad, para no lastimarte. "Para no lastimarte tanto"    –corrigió mentalmente–.
   –Y después de eso él quiso volver a salir conmigo, pero yo no quise. Pero igual me aprobó.
   Hizo un largo silencio, mientras fumaba su cigarrillo.
   –Después no volví a tener a nadie hasta los diecisiete.
   –¿Y entonces lo pasaste bien?
   –No, tampoco. Piense que había pasado mucho tiempo. Eso se cierra.
   –¿Y cuándo sentiste que lo disfrutabas por primera vez?
   –A los diecinueve años.
   Y en tono aclaratorio, agregó:
   El orgasmo, quiere decir usted. Eso, recién a los diecinueve.
   –Pero, ¿Cómo? ¿No te sentiste nunca excitada en todo ese tiempo? ¿No te tocaste como hace cualquier persona, como    hacemos todos?
   –No, profesor –respondió ella, con la seriedad de un niño que niega haberse portado mal.
   Y agregó, pronunciando las palabras con una graciosa cadencia, que a Carlo le recordó el modo de hablar de Dávalos, el más viejo de "Los Chalchaleros":
   –Yo nunca fui traviesa.
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